Primer premio APROEMA

Introducción

La contaminación por malos olores es un problema al que históricamente no se le ha dado la importancia necesaria, en relación con otras formas de contaminación, por varias razones. La más importante quizás se refiera al hecho de que, en la mayoría de las ocasiones, las consecuencias de los olores se refieren exclusivamente a las molestias e incomodidades que producen, no estando asociadas en general a graves consecuencias para la salud de la población, como sí ocurre con otros contaminantes atmosféricos, como los óxidos de nitrógeno o el ozono.

En ese sentido podemos decir que algunos de los principales focos de olor, como granjas de porcino, plantas de tratamiento de aguas residuales o de residuos urbanos, pueden llegar a ocasionar, cuando no se adoptan las medidas necesarias, episodios de gran amplitud territorial, si bien esto ocurre a pesar de que las concentraciones de las sustancias que las ocasionan puedan ser  extremadamente pequeñas y, consecuentemente, inocuas desde el punto de vista de la salud, aunque muy molestas para quien las padece.

Igualmente existe otro problema añadido que se refiere a la dificultad de medir los olores de forma objetiva y de determinar de forma inequívoca el origen de los mismos mediante técnicas sencillas que a la vez ofrezcan las suficientes garantías a los actores implicados (vecinos y foco emisor), lo que ha llevado a la inexistencia de una normativa que regule la materia en ninguno de los ámbitos competenciales: Europeo, estatal o autonómico.

A finales del siglo pasado, el desgraciado accidente ocurrido en el vertedero de Bens dio como resultado la emanación de gases con alta concentración de olor que afectó severamente, y durante un período bastante largo, a nuestra ciudad y ello trajo consigo una sensibilización especial al problema de los olores.

Igualmente, en algunas zonas de A Coruña la actividad industrial prácticamente coexiste con el sector residencial, de tal manera que la influencia del uno sobre el otro es muy importante. Esta influencia es especialmente patente en la contaminación por olores, pues la alta densidad de la población de nuestro territorio propicia altos índices de población afectada cuando ocurre un episodio, que aunque escasos en número a lo largo del año, en ocasiones son de intensidad elevada.

En la ciudad coexisten diversos focos de olor de mayor o menor entidad, todos ellos de origen industrial, que en ocasiones afectan a la ciudad. La percepción ciudadana del problema fue cuantificada durante el diagnóstico de Agenda 21 donde se detectó, mediante una encuesta realizada a la población, que esta forma de contaminación se situaba en segundo lugar como problema ambiental después del tráfico.

La necesidad de adoptar medidas urgentes no se podía hacer esperar, por lo que se decidió afrontar el problema con una herramienta a la altura de las circunstancias: El Plan de Gestión de los Olores Molestos de A Coruña, una herramienta pionera a nivel estatal que ha conseguido limitar en gran medida el número de episodios en la ciudad desde su puesta en marcha en el año 2005.

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